domingo, 17 de julio de 2011

Universidad, Cambio y Esperanza.


En 1959, José Luis Romero hablaba de las transformaciones de la universidad en el contexto de su tiempo y espacio:

          “La universidad es, fundamentalmente, un centro de enseñanza superior, y como tal mantiene, desde sus orígenes, ciertos caracteres exteriores inalterables. Pero fuera de estos, tanto sus fines como sus formas de acción y el tipo de relación con su entorno, se han modificado sustancialmente de acuerdo con las situaciones sociales predominantes y con la significación que el saber ha tenido en cada colectividad. La concepción de la universidad y de su misión no es, pues, absoluta si no que está condicionada por circunstancias de tiempo y lugar” (Romero, 1959).

Y diríamos que las condiciones que tiene en el momento la ponen en otro tiempo y lugar, desde el lenguaje y la acción. Quizá por esto, pese a sus reticencias, las universidades están prestando más atención a la sociedad del aprendizaje:

          “El nuevo vocabulario que incluye términos como “competencia”, “resultados de aprendizaje”, “acumulación de créditos”,  “perfiles de aprendizaje” y se refiere a los estudiantes como productos, no solo es sintomático de los cambios internos del currículo de la educación superior sino que además evidencia la reconfiguración del conocimiento que responde a las demandas contemporáneas” (Barnett, 2001).

No se trata de la idea clásica de la universidad que forma en lo universal, que desarrolla en los profesionales que la sociedad requiere, el pensamiento crítico y el compromiso social. Estamos ante otras coordenadas de la universidad que ubican en una encrucijada: entre las demandas sociales para ser pertinente y las luchas con la sociedad del conocimiento que le disputa el lugar del saber. Diríamos que se mueve entre dos tenciones: la producción del conocimiento y la formación en serie. Oscila entre espacios de saber y medios para lograr la racionalidad instrumental que le imponen las formas del conocimiento que tienen valor de uso en el mercado del trabajo.
Un número sobre la universidad, sobre la idea que tenemos de ella, sobre las experiencias que se viven, sobre las luchas y avatares, es una invitación a buscar espacios de transformación y cambio, como los que propone Romero: 

          “[…] la universidad latinoamericana tiene que establecer la manera de combinar sabiamente sus finalidades de tipo universal y sus finalidades de tipo local. Tiene que decidir si se mantiene ajena al profundo y dramático proceso mediante el cual se renuevan, en cada país, los fundamentos económicos, las relaciones sociales y la vida de la cultura; o si, por el contrario, se dispone decididamente a colaborar en la obra de la renovación fundamental que requiere cada región y cada país y en la definición de sus peculiaridades. Pero si adopta esta última actitud, tiene que establecer en qué medida esa tarea puede realizarse sin abandonar las exigencias derivadas de la intensa universalización de los problemas que caracteriza al mundo de hoy” (1959).

Tal vez el camino de las transformaciones y los cambios inicie con preguntas sobre el lugar de la universidad, sus relaciones con el mercado, su distancia con la academia, sus lugares para el silencio y la palabra. Y ese camino pasa por pensar la misión científica y pedagógica de la universidad, una misión que se ha diluido en metas, discursos y esquemas que poco parecen a lo que se necesita, pues para responder a los retos

          “[…] Se necesita primero fijar las condiciones de la realidad, establecer los puntos de incidencia que la universidad puede aprovechar, medir las posibilidades de actuar que les son dadas y solo entonces plantear la metodología de esa acción” (Romero, 1959).

Como dijera Rafael Gutiérrez Girardot,

          “[En las sociedades hispánicas] no hay que definir de nuevo, ni siquiera definir por primera vez esa relación [Entre universidad y sociedad]. En ella hay que crearla, es decir, poner de presente la significación vital de la Universidad para la vida política y social,  para el progreso, la paz y una democracia eficaz y no solamente nominal. Con otras palabras: para  establecer una relación  entre universidad y sociedad  en los países  hispánicos, es  necesario demostrar a esas sociedades que el saber científico no es comparable  con  un  dogma,  que es esencialmente  anti-dogmático;  que  el provecho inmediato del saber científico no es  reglamentable ni determinable por ningún grupo de la sociedad, sino que surge de la libertad de la  investigación, de la libertad de buscar caminos nuevos, de descubrir nuevos aspectos por vías... que a primera vista no prometen resultados traducibles en términos económicos;  que finalmente, el saber científico y  la cultura no son ornamentos, si no el instrumento único para clarificar la vida  misma del individuo y de la sociedad, para "cultivarla" y, con ello, pacificar y dominar la "violencia" implícita en la sociedad moderna burguesa, esto es, en la ciedad en la que todos son medios de todos para sus propios fines, en la sociedad "egoísta"[…]”.     (1986)

Se permite pensar con esto las tensiones y búsquedas de la universidad latinoamericana, y las estrategias para la superar la dispersión, fragmentación y separación de las funciones de la universidad, para que no tengamos dos universidades en una, como señala Alonso:

          “[…] la rica casi opulenta, destinada a círculos cercanos a los elementos mercantiles, de pago y postgrado, de investigaciones millonarias y promociones aseguradas, adaptada a la remeritocratización individualista provocada por la remercantilización social; y la otra, estrictamente publica, cada vez más abandonada, sin capacidad de gestionar administrativamente la complejidad inducida por la masificación, cada vez más precarizada, con menos recursos y con una tendencia a producir viejos esquemas de enseñanza masificada y con pocas renovaciones pedagógicas” (1997).


 ANDO ENDO UN
 "Construyendo lazos entre UNiversidad y sociedad"




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